La ninfómana de mi mujer

Bueno, yo sé. Sé todo. Mi mujer llega tarde otra vez, y yo ya me he visto los videos en su móvil. Ella no sabe que yo los miro. Piensa que soy un idiota, un tonto que no se entera de nada.

Hoy fueron dos hombres. Uno en el coche, rápido, y otro después en un hotel barato. En el video se le ve la cara, cómo cierra los ojos y abre la boca, disfruta como una guarra. A mí me pone cachondo verlo. Me siento aquí, solo, y lo miro. Es raro, ¿no? Pero es la verdad.

La oigo llegar. La puerta se abre. Trae ese olor, mezcla de su perfume y de ellos. De sudor y de… bueno, de lo que sea. Se le nota en la cara, en la forma de caminar, un poco floja. Lleva la misma ropa de esta mañana, pero arrugada.

—Hola, cariño —dice, y suena cansada. Finge un bostezo—. Uf, qué día más largo en la oficina.

Yo asiento desde el sofá. “Sí, muy largo”, pienso. “Largo y con varias paradas.” Pero no digo nada. Solo la miro. Lleva el pelo revuelto y tiene una manchita blanca, seca ya, en el cuello de la blusa. Ella no la ve.

—¿Todo bien? —pregunta, y viene a darme un beso en la mejilla. Huele a cigarro y a colonia barata. No es su colonia.

—Todo bien —digo yo. Y es verdad. Por dentro, me estoy riendo. Y también me estoy excitando. Es una cosa rara, enferma quizás, pero así soy yo.

Ella se da una ducha rápida. Demasiado rápida para limpiarse bien por dentro, lo sé. Sale con una bata, y se acerca. Me pone una mano en la pierna. Es la misma mano que en el video agarraba a otro la polla.

—¿Estás cansado? —me pregunta, pero sus ojos dicen otra cosa. Tiene esa mirada de cuando viene caliente de la calle. Quiere más, es una ninfómana. Necesita terminar el día con alguien, y como yo estoy aquí, pues soy yo. Su marido tonto.

—No, no estoy cansado —digo.

Y entonces pasa. Nos besamos y yo noto el sabor a enjuague bucal, que no tapa otro sabor. La toco y su piel está caliente, como si todavía llevara el calor de los otros encima. Cuando la tengo encima de mí, pienso en las pantallas del móvil. Pienso en lo que hacía ella horas antes. Y en vez de enfadarme, me pone más duro. Es como si todos ellos estuvieran aquí, en mi cama, mirándome. Como si yo fuera el último de la lista, el que limpia lo que dejaron.

Ella gime y dice mi nombre. Pero yo sé que no piensa en mí. Cierra los ojos y yo me pregunto a cuál de ellos verá ahora. A mí me da igual. Yo la miro a ella, y veo los videos. Veo todo lo que hizo. Y está bueno. Está sucio y está guarro, pero está bueno.

Cuando acabamos, ella se queda dormida al momento, rendida. Yo me levanto y voy a la cocina. Cojo su móvil otra vez. Busco los videos de hoy. Los miro otra vez, con ella roncando en la otra habitación. Y sonrío.

Soy el marido. El que lo sabe todo. El que lo ve todo. Y a pesar de todo, o quizás por eso, aquí sigo. Esperando a que llegue sucia otra vez.

5

Comentarios

Comparte tus pensamientos sobre esta historia

No hay comentarios aún

Sé el primero en compartir tu opinión sobre esta historia