Anoche pasó algo que nunca pensé que me ocurriría. Pablo y yo decidimos salir a bailar, algo que no hacíamos desde hacía años. La rutina nos tenía atrapados: trabajo, cena, tele, dormir. Lo de siempre. Él insistió en ir a esa discoteca nueva del centro. Al principio me costó, me sentía fuera de lugar con mi vestido negro, demasiado consciente de que ya no tengo veinte años.
Todo iba bien hasta que Pablo se encontró con unos compañeros de la universidad. Se enfrascaron en una conversación sobre fútbol y negocios, y de pronto me vi sola, apoyada en la barra, con mi copa en la mano, sintiéndome invisible. Fue entonces cuando lo vi.
Estaba al otro lado de la barra. No era especialmente guapo, pero tenía una mirada intensa que me atravesó. Llevaba la camisa desabrochada un par de botones. Sin mediar palabra, se acercó. No preguntó mi nombre. Solo dijo, con una voz ronca que se colaba por encima de la música: «Te veo sola. Y veo que estás aburrida». Algo en su tono, directo y lleno de certeza, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
No sé cómo pasó. No hubo coqueteo, ni juegos. En menos de dos minutos, su mano rodeó mi muñeca y me guio entre la multitud, directo hacia los baños. Mi corazón latía a mil. No pensé. Solo sentí. Empujó la puerta del baño de discapacitados (estaba vacío) y la cerró con llave.
Ahí, contra la fría pared de azulejos, todo fue rápido, urgente y brutal. Me giró, levantó mi vestido y bajó mi ropa interior de un tirón. No hubo besos, ni caricias. Solo el sonido de su cremallera y su respiración agitada en mi oído. «Agárrate al lavabo», gruñó. Y lo hice. Entró en mí de una vez, seco, profundo, con una fuerza que me hizo gritar. Era áspero, casi violento, cada embestida me sacudía. Yo gemía, no de dolor, sino de un placer crudo y primitivo que no recordaba haber sentido. Era puro fuego, puro deseo desencadenado. Él jadeaba, maldiciendo entre dientes, sus manos apretando mis caderas con fuerza. Duró quizás cinco minutos, pero fueron una eternidad de sensaciones intensas y prohibidas. Cuando terminó, se separó, se ajustó la ropa, y con un último roce en mi mejilla, salió sin mirar atrás.
Yo me arreglé como pude, las piernas temblorosas. Salí del baño y encontré a Pablo, aún riendo con sus amigos. «¿Estás bien? Pareces acalorada», me dijo. «Sí, solo… mucho baile», mentí.
En el taxi de vuelta a casa, el silencio era espeso. La culpa empezaba a picarme, pero también una extraña euforia. Al llegar, ya en el salón, no pude más. «Pablo, tengo que contarte algo». Se sentó, expectante. Y se lo solté todo. Cada detalle. Al principio, su rostro se ensombreció. «¿Cómo has podido? ¿Con un desconocido? ¡En un baño!» Su voz era un mix de furia e incredulidad. Empezó a levantarse, dando vueltas por la habitación.
Pero entonces, me fijé en algo. Su respiración se había acelerado. Me miró de otra manera. No con rabia, sino con… intensidad. «Descríbemelo otra vez», dijo, su voz ahora grave. «Dime exactamente lo que hizo».
Y lo hice. Esta vez, con más detalle, viendo cómo sus ojos se oscurecían. De pronto, la furia se transformó en algo completamente distinto. Se acercó, me tomó de la cara. «¿Y te gustó?», preguntó, y su pulso latía rápido contra mi piel. Asentí, sin poder hablar.
Esa misma rabia, esa misma energía salvaje que había sentido horas antes con el extraño, la vi ahora en los ojos de mi marido. Pero esta vez iba dirigida a mí, *por* mí. Me llevó al dormitorio casi con la misma urgencia. No fue el sexo cariñoso y predecible de los últimos años. Fue posesivo, apasionado, lleno de adrenalina y de un renacido deseo. Me hablaba al oído, preguntándome cosas sobre lo ocurrido, y cada respuesta lo excitaba más. Fue intenso, sudoroso, y absolutamente increíble. Terminamos exhaustos, enredados, y por primera vez en mucho tiempo, riendo como idiotas, con una complicidad nueva y eléctrica en el aire.
Hoy despertamos diferentes. No sé qué significa esto para nuestro futuro. Sé que lo que hice fue una locura y una falta de respeto. Pero, paradójicamente, esa misma locura nos ha devuelto algo que habíamos perdido: la chispa, la conexión cruda. La monotonía se ha resquebrajado. Tenemos mucho de qué hablar, pero por ahora, solo siento que por fin, después de años, volvimos a *vernos*.
Comentarios
Comparte tus pensamientos sobre esta historia
Inicia sesión para comentar
Únete a la conversación y comparte tus pensamientos
Iniciar SesiónNo hay comentarios aún
Sé el primero en compartir tu opinión sobre esta historia